Juan José nieto y el olvidado Ethos no violento de la gente colombiana

Artículo publicado originalmente en el portal Hagamoslapaz.co el 24 de Junio de 2014

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Ethos, palabra de origen griego significa forma de ser, de habitar, de relacionarse un grupo social o un pueblo. El personaje de Juan José Nieto Gil (Cibarco, Atlántico 24 de Junio de 1805- Cartagena, 16 de Julio de 1866) es una de las figuras públicas que más encarnó el pacifismo de la gente costeña en el siglo XIX, en parte es un testimonio de cómo era el pueblo colombiano en ese momento, sin embargo está demostrando que el ejercicio de la violencia como medio para alcanzar fines diversos ha sido impuesta de alguna manera por grupos dominantes, el aporte de Nieto a pesar de ser importante o precisamente, por él ha sido menospreciado y olvidado.

Algunos artículos académicos y periodísticos dan cuenta de la figura de Nieto pero ninguno le hace justicia como Orlando Fals Borda en su Historia Doble de la Costa, dedicándole por completo el segundo tomo de esta obra. Entre los hechos comúnmente relatados sobre la vida de este mulato se cuenta que nació al pie de un árbol de matarratón en el caserío de Cibarco, entre Baranoa y Tubará, hijo de una zamba y un español, que siendo autodidacta aprendió a leer por su cuenta y llegó a escribir al menos tres novelas, una obra de teatro y libros de geografía e historia que en su mayoría desaparecieron. Se integró a la milicia, ejerció la política liberal y también se hizo masón. En su empeño por participar, un hombre mulato como él en la época que vivió, dominada por formas señoriales y esclavistas disimuladas en la transición al capitalismo incipiente, sólo pudo participar de la vida política del país a través de su vinculación a los ejércitos provinciales, que a partir de la independencia se enfrentaron por definir un modelo político y económico que seguir. Los golpes de Estado en 1948, 1854, 1959 lo motivaron a levantarse con estos movimientos de artesanos, libertos entre otros, liberales, sin embargo la derrota le valió el internamiento. Después, como aliado liberal de Tomás Cipriano de Mosquera se lanzó contra un general conservador llamado Caruja. Como gobernante del Estado de Bolívar se declaró presidente de la república por un periodo de seis meses para luego entregar la insignia a Mosquera, hecho que fue “olvidado” por la Historio oficial1, en cambio, su rostro en el cuadro con su imagen fue “blanqueado” en una restauración encargada por la academia de Historia de Cartagena. Pero entonces, ¿Cómo un caudillo regional, tipo particular de autoritarismo propio de las sociedades latinoamericanas del Siglo XIX y protagonistas de las guerras civiles en nuestro país es retratado aquí como un símbolo de no violencia, cuando es evidente que empuñó las armas, fue reconocido como un valiente guerrero y debió asesinar a más de un hombre por sus manos? ¿Además cómo homenajearle si como personaje histórico pueden tachársele algunos comportamientos que no dan cuenta precisamente de una persona éticamente infalible? Pues bien, si es cierto que fue un hombre acorde al pensamiento de su época y con múltiples errores en su historia de vida, lo que tiene para ser considerado un abanderado de la democracia y el desprecio por la eliminación de sus semejantes, incluso, representante de la lógica civilista y el antimilitarismo son las decisiones que tomó en múltiples oportunidades ante la ambición del poder o peor aún, frente al riesgo de perder el estatus ganado frente a sus ojos, en medio de una época que respiraba todo lo contrario. En primer lugar, Nieto fue un caudillo anti-caudillo, pues a diferencia de otros como Mariano Ospina Rodríguez (conservador) o Tomás Cipriano de Mosquera (liberal) y muchos otros de su época, siempre que vio la oportunidad por el término de una confrontación armada, disminuía los ejércitos que lo habían acompañado, liberó varias veces con indulto a los presos políticos que había hecho cautivos durante las confrontaciones, buscó reducir el presupuesto otorgado al sostenimiento de la milicia y en cambio redirigir esos recursos al sector educativo. La tolerancia que tuvo frente a sus opositores, como dice Fals Borda, “a pesar de ser militar daba la sensación de querer evitar hechos de sangre; en el fondo no era violento”, para sorpresa del mismo investigador que descubrió con su grupo de estudio local un personaje muy distinto a aquél hombre recio, bravo, indiferente que buscaban encontrar al principio de su investigación. En segundo lugar se apegó al pensamiento liberal y a un “romanticismo humanitarista” que rondaba los círculos políticos desde Europa contagiando a América Latina, además, de la mano de la masonería se identificó con las tendencias civilistas a diferencia de los caudillos populares de otros países latinoamericanos y que constituye cierto origen histórico de la violencia estatal que acompañó a toda América Latina durante el siglo XX con las diferentes dictaduras militares de debió soportar.

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Estado actual de la Logia “Luz del Carmen No. 21” Fundada con apoyo de Nieto. Carmen de Bolívar (Bolívar) El acto culmine de una demostración de ese ethos no violento, típico de la cultura anfibia costeña de la cual daremos algunas pinceladas para finalizar, fue la renuncia a la presidencia del Estado de Bolívar el 11 de diciembre de 1864, entregando esa posición a su opositor Manuel Gonzalez Carazo, el cual fue acompañado en traición a Nieto por Ramón Santodomingo Vila (tabacalero sefardita antecesor del actual grupo económico colombiano). En esa oportunidad, buscando la estabilización de las provincias del Estado luego de la guerra civil terminada dos años atrás, los grupos conservadores que permanecían iniciaron una guerra de guerrillas en contra de su gobierno, comenzando por la insurrección en Cartagena con el asesinato a machete al mayor Sebastián Elguedo, uno de sus más fieles militares y amigo. Con esta rebelión, Nieto, quien en un principio había tolerado la conformación de este movimiento en su contra, movilizó sus tropas en respuesta a los ataques de los grupos armados que se conformaron en una serie de escaramuzas que ya habían dejado un número representativo de muertes en pueblos cercanos. Ante la decisión de dar la orden a sus tropas y provocar una masacre en Cartagena, decidió dejar el poder y retirarse aún con el riesgo de ser asesinado después de su renuncia. Finalmente murió pobre y en casa alquilada, permaneciendo en el olvido por más de un siglo y sin aparecer en los registros de presidentes de Colombia. Es esta la oportunidad de reivindicar no sólo una figura pública sino al grupo social que representó pues como lo documentan Historiadores y las gentes de estas provincias, entre las tropas se movilizaban familias enteras que eran forzadas por los grupos dominantes a marchar en las múltiples guerras civiles. A las mujeres y sus hijos se les conoce como “Juanas o Vivanderas”, eran las mujeres de la guerra, que sostenían a los ejércitos, cargaban sus pertrechos y armas, curaban a los heridos y hacían las veces de retaguardia en no pocas ocasiones. El ethos no violento se refleja en la figura mítica del “hombre hicotea”, ese ser anfibio, que resiste a las oleadas de la violencia y es menospreciado aún hoy por las gentes urbanas que representan a la industria y el Estado como “vagos” o “dejaos”.

Entonces aquí nos enfrentamos todavía a la más grande de las batallas, la simbólica que se halla en la intimidad de los grupos y pueblos, pues aparece constantemente en las formas de organización y comunicación comunitaria, en las luchas contra los mecanismos de corrupción y disolución de los movimientos sociales y plataformas de cooperativismo agrario, en la estigmatización caótica de los movimientos estudiantiles. Una de las formas más cruentas de ese fenómeno ha sido la imposición de las violencias, especialmente de la violencia política. En Colombia, sin necesidad de referirse a la violencia del régimen colonial, que estuvo asociado a formas históricas particulares de dominación, se puede identificar en el periodo de independencias y consolidación temprana de las repúblicas, cómo el fenómeno del caudillismo y el gamonalismo sirvió como mecanismo de las élites nacientes para vincular a los trabajadores rurales, aparceros, arrendatarios y otros grupos de campesinos sin tierra a las diversas guerras civiles provocadas por las luchas territoriales e ideológicas de los agentes en posición dominante. Entre ellos, principalmente los negros, dada la hipócrita abolición oficial de la esclavitud en 1851, debieron ganarse su libertad con la participación en las cruentas guerras civiles con las cuales no se identificaban. De nuevo, Orlando Fals Borda ofrece una radiografía de lo vivido en este periodo del siglo XIX en Colombia, a través de los testimonios de los participantes en estos conflictos bélicos, que luchaban en adhesión a un terrateniente-general por motivos de supervivencia.Ha sido documentado en otros trabajos, cómo los integrantes de una misma familia debieron combatir en ejércitos enemigos, dependiendo del gamonal que fuera su patrón. “Miren ustedes, los pobres somos los que más sufrimos con estas guerras, siempre vamos a pie, cargando nuestras cosas y generalmente contra nuestra voluntad. Casi nunca nos explican por qué peleamos y cuando nos vemos es amarrados y con el chopo al hombro. Nos arengan eso si, sobre la patria y el honor; pero nos quedamos dudosos porque también existe la patria chica, que es la gente y la región de cada uno, donde se levanta con los demás muchachos aprendiendo del uno y del otro lo bueno y lo malo, y donde por primera vez una mujer se acuesta con uno y le enseña a ser hombre. Por esa patria sí puede uno pelear con gusto y sacrificio. Pero esos sentimientos, de verdad, no parecían importarle a los políticos y menos a los militares que parecían tener otras preocupaciones y otros intereses (….).”  GUILLÉN, Gonzalo. Colombia borró de la Historia a su único presidente negro. El Nuevo Herald. Diciembre 11 de 2008. En: http://www.elnuevoherald.com/2008/11/11/320278/colombia-borro-de-la-historia.htmlConsultado Junio de 2014.